Traidor

Ayer le confirmé a mi patrón que me voy de la empresa.

Ya había avisado con suficiente antelación; además, mi reemplazo, le mueve muy bien a estos menesteres de hacer animación y videos con personajes de caricatura.

El punto es que, apenas hoy por la mañana, uno de los otros jefes empezó a llamarme “traicionero”, “traidor”.

Que mal gusto.

De entrada, que difícil cuando alguien quiere perseguir sus sueños y existen esta clase de individuos que lo único que logran con su actitud es que uno se vaya a la chingada con más alegría, con menos remordimiento, como si este sufrir oficinista es una carrera de resistencia a ver quién aguanta más, por el simple gusto de aguantar y ya, y el que se raje “es un huevo podrido”. Por otro lado, ninguno de mis amigos o cercanos ha hecho un solo comentario en contra de mis objetivos/sueños/metas, al contrario; han sido muy asertivos en poner en perspectiva la situación y procurarme retroalimentación útil, no que la necesite, pues la tenga o no, voy a hacerlo… pero de verdad que se agradece.

La vida siempre nos va a poner frente a personas así; darnos cuenta del valor de lo que tenemos por dentro, a modo que lo de afuera funcione y nos ayude a tomar nuestro espacio en el universo; es una decisión importante y ser llamado “traicionero” es justamente lo que menos necesito en estos momentos, pues llevo un año “traicionando” mis objetivos profesionales, a cambio de la dicha enorme de tener el refri lleno de comida, poder llevar a mi esposa al cine y pasear con mi familia sin preocupaciones.

Una cosa por otra, como dicen por ahí.

Dinero a cambio de mi tiempo, mis conocimientos y mi experiencia, parece ser una buena transacción, vamos a procurarnos hacer esa transacción en un entorno más nuestro, ¿no?

Oasis

La amistad es un oasis.

Me ha refrescado en las difíciles e inseguras mañanas de transporte público y apretujones modorros camino a la universidad. Ha dejado humedecer mis cansados pies de tanto caminar hasta el otro lado del país sólo para encontrar una playa sin marea ni arena, pero con viejos castillos que inertes sucumben ante el sofocante calor.

También ha permitido transformarla en un jardín terrenal, paradisíaco hasta donde la realidad lo permite, a cambio de un anillo en el cuarto dedo de mi mano izquierda; o recordar vieja glorias futboleras cuando cualquier calle sin pavimentar emulaba al Maracaná o al Estadio Azteca.

Así, por el mundo, he andado repartiendo abrazos. Y éstos se van contigo, impregnados en tu espalda, en tus hombros, para llegar hasta Portugal, Buenos Aires, Londres y Tokio.

Podría haber pisado el infierno durante mucho tiempo de no ser por tu saludo, por tu música, por tus oídos, por tu interés. Atravesé el país y mi alma un par de veces y te encontré ahí, debajo de una palmera, en sandalias, preparando limonada para los dos.

Me has dejado entrar a ese oasis de tu presencia, poniendo de ladito, en una caja pequeñita, el infierno que traía arrastrando conmigo.

Y me ayudaste a ir dejando los demonios atrás. Sí, tú.

La Chichi

El otro día, regresando de pagar la luz, me encontré a don Martín.

Éste señor enmarcaba con su presencia la entrada a la tiendita, a un lado del vagabundo de los perros y el orejón del tendero, quienes animadamente platicaban mientras yo caminaba hasta el fondo de la tienda para escoger unos aguacates para mi cena.

– ¡Ya ni saludas iralo! –

Escuché detrás de mi, pues sin saber cómo, pasé sin ver más que los 4 perros que esperan al vagabundo que adentro se tomaba un refresco, y no me di cuenta de la presencia de don Martín, con quien he tenido ya varias charlas extendidas sobre cualquier tema que se nos ocurre.

– ¡Ah! ¡Don Martín! ¡Que gusto verlo! Oiga, que bien se le ve, todo sonriente y más delgado cada vez.

– Sí, he andado más tranquilo últimamente, pero uf, vaya que me había tocado una época muy pesada.

– Y, ¿Cómo le hizo para andar ahora tan contentote?

– Pues me fui con las “guares” a que me hicieran una limpia…

– …

– Sí hombre, con una de esas guares cachetonas que te hacen limpias allá por Pátzcuaro. Está bien bonito porque te pasan una de sus chichis por todos lados… y con eso te limpian.

– …

El vagabundo y el tendero soltaron la carcajada después de tres segundos, pues don Martín contó la breve anécdota con tal convencimiento para cerrar con una sonrisa medio “bobona” que nos dejaba saber que sentía algo de pena por haber contado semejante evento.

– Oiga don Martín, pero… ¿nomás le pasan la chichi por todos lados y ya?

– ¡No hombre! Si es todo un ritual muy complejo y apestoso.

JUAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

Volvieron a reír el tendero y el vagabundo. Yo ya no podía contener la risa que medio me salía y medio contenía para seguir sacándole la sopa a mi involuntario comediante de turno.

– Y mira que desde que se ponen a quemar una hierbas todas raras, el ungüento que se unta mas el encerrón al que te meten, pues sí se pone interesante ese rollo. Más porque terminas con la cara embadurnada de todo eso y te deja un olor muy intenso.

– Oiga don Martín, y a todo esto ¿Cómo se siente?

– ¡De maravilla!

Para entonces el tendero y el vagabundo ya nos miraban con los ojos vidriosos de tanta risa.

– Oiga don Martín, pues es que mire, uno podrá traer lo que sea, cualquier mal, cualquier angustia de todo tipo y, lo que sea que le ayude a quitarse esa angustia seguro debe ser bueno, pues lo libera, de la forma que sea, de ese peso mental de su problema y, eventualmente, le ayuda a superarlo de una forma u otra ¿No cree?

– Pos si, pero ve esta manga de orangutanes riéndose…

– Nambre don Martín, es que ese tipo de cosas no se escuchan muy seguido, además le sirvió ¿No es así?

– Te digo, me siento de maravilla!

– ¡Ah pos ahí está! Ahí luego me pasa el dato don Martín, que una buena limpia nos hace falta a todos.

– Ándele mi estimado, ahí me saluda a su mujer.

 

 

Publifóbico

Han sido diez años extraños.
Salí de mi casa unas pocas semanas después de terminar la universidad. Ya llevaba tiempo trabajando como diseñador y como artista 3D. Una vez con un pie fuera de la ciudad, no miré para atrás.

Tenía mis esperanzas bien puestas sobre mi ingenio, habilidad y buena vibra para hacer amigos.

Fue en la segunda semana de enero en el año 2007 cuando mis papás y mi hermano me llevaron a Monterrey, Nuevo León, en la Pickup en donde yo mismo habría de recorrer buena parte del país más adelante. Fue un viaje que duró toda la noche. Morelia – Salamanca – Querétaro – San Luis Potosí – Matehuala – Monterrey.

Poco tardé en darme cuenta de las pesadas jornadas que hay que invertir en los estudios de maquila de modelos para videojuegos. Entraba a trabajar muy temprano y salía cuando el sol ya estaba ausente.

No duré mucho en ese trabajo. El patrón un día estuvo a punto de despedirme el día en que llegué con coche recién comprado y me estacioné en un cajón de los dos que teníamos desocupados. Ese día me gritó mucho pues había cometido semejante falta que no me despedía solo porque tenía trabajo por entregar.

Regresé a mi tierra por la pérdida de mi padre dos semanas después de eso.

Desde entonces me he dedicado a crear contenido para publicidad. Cosas en tercera dimensión, otras en dos dimensiones. Llegué a sentir orgullo al pronunciar la frase “vivo de dibujar”.

Hace muchos años, cuando abandoné la carrera de Ingeniería Mecánica, provoqué un gran disgusto a mi papá cuando le confesé que ya había hecho el examen de admisión para la carrera de diseño gráfico y que, de manera destacada, había aprobado sin problema. Me dijo que iba a terminar como maestro de dibujo en una secundaria y que me iba a morir de hambre… Y aún así me apoyó.

Eso cambió mucho mi vida para bien. Estudiar la carrera de Diseño Gráfico es una delicia. Nos hace sentir un glamour que no hay en las ingenierías, por ejemplo. Éste glamour es falso y muy peligroso en una carrera que parece fundamentarse en opiniones, la visión subjetiva de la comunicación, que no lo es; más que un desarrollo filosófico y semiótico de los mensajes, que debería serlo un poco más.

Y con ese glamour me sentía crecer como diseñador gráfico, comunicólogo, artista, sin saber que la motivación para desarrollar publicidad iría decayendo cada año que invirtiera en ello.

Un poco después, viví con cierta emoción la llegada de un gran premio internacional de mucho prestigio al lugar donde yo trabajé por tres años. No sabía qué sentir cuando, aún y el premio, las jornadas de trabajo me incluyeron varios días festivos o feriados. Regresaba de visita a casa de vez en cuando y ya para entonces mis amigos notaban mi gradual y constante aumento de peso.

No importaba. El sueldo moral era mucho y el monetario más que suficiente. Aunado a eso, sufría de depresión y dejé de intentar hacer amigos… Tampoco andaba con buena compañía.

Seguí trabajando para la publicidad un par de años mas. Cosas cada vez más comerciales, hasta que me despidieron de un empleo… Fue cuando pude salir de una zona extraña para entrar a otra aún más.

Bien acompañado esta vez, atravesé el país de nuevo y empecé desde cero muchas cosas; solo para descubrir que ese glamour que se notaba a lo lejos, es igual de falso en todos lados. Unas cuantas aproximaciones a las campañas políticas me convencieron finalmente de dos cosas importantes:

1. Todos creen saber hacer publicidad.

2. Tu trabajo es tan irrelevante que a la menor oportunidad, cualquiera la evita.

Entonces. ¿Para qué hacerlo? ¿Para qué tanto desvelos?

Seguro habrá quien tenga más pasión que yo para ese tipo de cosas. También estoy seguro que habré de desvelarme de igual forma por algo que yo vea más lógico, menos inerte, más pasional, musical.

No tengo nada resuelto en esta vida, y eso por ahora es lo que la hace interesante; por otro lado, cada vez estoy más seguro que ya no quiero hacer publicidad.

Algún día en esos años terminé en una ambulancia por lo que fue descrito como un “evento cardiaco”. Mi peso y mi depresión me mantenían apenas respirando, lo suficientemente para sobrevivir, pero no tanto como para salir del hoyo. Lo único que pudo salvarme fue darme el tiempo, el espacio y el cariño que me hacían falta.

No estoy diciendo que la publicidad me provocó todo eso por lo que pasé. Al contrario. Yo mismo me hice caer en ese tremendo agujero extraño. La publicidad me enseñó a ser muy crítico con todo lo que veo, a detectar el cliché, lo barato, lo deforme y defectuoso pero cubierto de oropel; me enseñó a perderle el respeto y a escoger con más cuidado lo que entra por mis oídos y mis ojos. La publicad no fue mi prisión, yo era mi prisión… La publicidad solo ayudó a liberarme.

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De lo que no hay fotografía

Pues pasó. Y pasó porque tenía que pasar, así lo queríamos.

Enfilamos para Puerto Vallarta a pasar nuestra luna de miel, un año después de casarnos. Vaya forma de festejar.

El año pasado por fin me casé. Ha sido una experiencia extraña, pues nos llegó gradualmente y la existencia de un papel con nuestras firmas y nuestras huellas digitales no cambió mucho lo que ya sentíamos y esperábamos del otro. Es curioso como las cosas van encajando una con otra y lo que somos se va aclarando poco a poco. Amo a mi esposa y me dio mucho gusto haber tenido una boda fabulosa, muy sencilla y emotiva.

Mientras la organizábamos hicimos nuevos amigos, nos re encontramos con otros y nos procuramos la mejor de las compañías. Fue extraño no verlos a todos, pues la falta de dinero nos limitó mucho, pero también fue extraño no tener a mi papá o a mis abuelos conmigo. De niño pensaba que siempre estarían en todos los eventos importantes.

A mi me hizo falta mi papá.

Noté en los ojos de mi mamá una felicidad extraña. Pensativa.

Después de eso, mi esposa y yo nos dedicamos a sobrevivir, sin saber cómo exactamente lo íbamos a lograr, pero haciendo lo mejor posible para averiguarlo. Durante meses hacíamos lo que creíamos necesario para darnos un regalo sencillo y necesario: Unos días en la playa.

Hace años, en un afortunado arranque de aventura, dejé de ir a trabajar por una semana para invitarla a Puerto Vallarta. Ya había pasado por un conato de paro cardíaco y mi sobrepeso ya estaba en aras de ser controlado con la comida que me preparaba mi querida amiga Benny. Nos escapamos en la camioneta prestada por mi futuro suegro y nos lanzamos a la aventura. No pude resistir! Apenas en Guadalajara me armé de valor para pedirle, mientras la abrazaba en una cama que nos prestaron, que si quería ser mi novia. Era 12 de Octubre. Dijo que sí y dormimos juntitos.

Mucho tiempo después, muchos kilómetros después, sigo un poco frustrado porque a mi esposa no le gusta que le tome fotografías, entre otras cosas a las que me estoy acostumbrando.

Un año de esfuerzo y ya andábamos de camino a Vallarta otra vez, en otra camioneta prestada y ese extraño Deja Vu de ir con la misma persona, por el mismo camino, pero ahora tomados de la mano y casados.

No medí todo lo que pasaba desde que empecé a salir con ella. Simplemente me dejé llevar por mi ser interno que no cesaba de pedirme estar con ella.

Tomamos fotografías del mar, de la playa, de las personas y hasta de una cerveza helada que habría de beberme al pie del malecón. Algunas de esas fotografías nos incluyen, la mayoría solo a mi. Siempre me imaginé que necesitaba tener una novia que me dejara aparecer en las fotos, y para ello terminé con una esposa que no le gusta ser fotografiada pero no tiene empacho en tomarme fotografías a mi. Por fin, ahora salgo yo en las fotos de mis viajes.

Salimos a caminar ya noche. El hotel tenía una pequeña palapa que daba techo a cuatro hamacas. Tomamos una, la más lejana a las otras dos que estaban ocupadas, y nos abrazamos.

Balanceándonos miré las palmeras, el profundo azul oscuro del cielo; sentí la brisa fresca que me subía por las piernas y se colaba debajo de mi short deportivo. Aspiré cuidadosamente el olor de su cabello mientras sentía cómo su mano fina acariciaba mi barriga. Hice un esfuerzo tremendo por hacer salir de mi boca palabras relevantes para que, reposando la cabeza sobre mi pecho, me escuchara desde las profundidades de mi ser. Pero para entonces ya estaban sobrando las palabras. Me dejé llevar y la noche se convirtió en el ruido de la brisa contra las palmeras, el vaivén de las olas y el rechinar de la hamaca al balancearnos.

Ahí lo entendí.

No hace falta tener registro de todo. También es delicioso mantenerlo en la mente, ahí, un poco descuidado y maltrecho por las escaramuzas de la memoria, avivado con los vinos de la imaginación y añorado por el corazón que sólo pide la oportunidad de repetirlo.

Ahí lo entendí

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