Espacio 25ºS

•Enero 21, 2010 • 1 comentario

No llegó. Le estuve esperando muchas horas. El Sol apareció, calentó la pequeña banquita donde me encontraba sentado. Los coches atascaron las avenidas hora y media, mientras todos iban a la escuela o al trabajo. Mi brazo extendido sobre el respaldo de la banca solo se movía para dejarme probar un poco de ese delicioso café que se pone más rico cuando se enfría.

Algunas madres sin pareja se animaban a llevar las carreolas con sus hijos al pequeño parque jardín donde me encontraba. Algunas de ellas hablaban con otras como si fueran viejas amigas de la infancia, pero más bien creo yo que ese era el único lugar donde coincidían. Los heladeros y vendedores de dulces y frituras llegaron más tarde, los mimos y payasos se empezaron a congregar en el espacio donde está la fuente hasta el medio día. Hicieron su trabajo más o menos bien. Los oficinistas que atravesaban el pequeño parque tenían que atravesar por donde los payasos pululaban para poder ir a comer. Muchos de ellos terminaron siendo comidilla para los cutres payasitos de calle que al verlos se burlában de sus prisas y las largas zancadas con que caminan para aprovechar el corto tiempo para comer.

Para entonces yo ya disfrutaba del bullicio de los niños que van saliendo de la escuela, corren como si nada les doliera, con sus enormes mochilotas en la espalda, retacadas de pesados libros, todos olorosos a lápiz, a goma de borrar, a torta de frijoles con queso, a discreto pedo de torta de frijoles con queso, a caca de perro en sus zapatos, pero felices, sin ser afectados por toda la maraña de edificios y ridiculeces que los adultos construímos alrededor de nosotros.

El Sol dejó de estar en su apogeo. Los niños finalmente se aburrieron de jugar con el agua de la fuente; los payasos, cansados y no tan felices, contaban en su sombrero, en sus enormes bolsas, en sus enormes manos, las pocas monedas que lograron reunir en tan sólo dos horas y media de trabajo. Tendrían que esperar hasta la noche para volver a tener un público potencialmente cautivo.

Mi café ya estaba en mi panza y en mi torrente sanguíneo, retacando mi vejiga, estimulando ansiosamente mi pie izquierdo que bailaba nerviosamente sobre mi rodilla derecha. Pero no llegaba.

Me levanté un poco para estirarme. Demonios, los años ya empiezan a pesarme y mis rodillas se oxidaron un poco aquí en esta banquita.

Y entonces ahí estaba viéndome de no tan lejos; me vió con la cara deforme y los brazos estirados por un bostezo, esa fue la primera imágen que tuvo ella de mí; sonriendo se acercó y yo le saludé con ojos llorosos (siempre que bostezo me lloran), no sabíamos que decir, aún así me dió gusto saber que las fotos mentían, es mejor en vivo…

Pensando

•Enero 8, 2010 • 1 comentario

Matrimonios gay, quien se apunta?

Pues si.. en la mañana me levanté al baño y estaba prendido el radio reloj despertador. Mientras hacía lo mío, escuchaba lo que en la estacion esa que se escucha en todo méxico hablaban sobre las reacciones de varias personas sobre lo de los matrimonios gays y su ahora nueva capacidad de adoptar niños.

Está cabrón que en cosas como éstas, los medios de desinformción lo primero que hagan es ir a preguntarle al Cardenal Norberto sobre su (ya muy choteada y amañada) opinión. ¿Qué chingados creían que les iban a contestar, si no con negativas y alegatos mochos?

El mismo noticiero reporta que varios “abogados” cristianos y católicos se reunieron en las oficinas de la PGR para meter una queja y hacer ver que esas nuevas leyes aprobadas son “anticonstitucionales”, pues también atentan con la integridad de los futuros niños adoptados, alegando que tienen razones de peso y pruebas con estudios científicos (seguramente no realizados en méxico), aunque no mencionó de dónde sacaron estudios pues no en muchos países estan activas esas leyes, y pa joderla no en todos esos países se han hecho estudios a largo plazo y mucho menos son valiosos para nosotros porque se llevan a cabo en otro contexto social muy diferente.

No me preocupa que unos abogaduchos mochos vayan y metan quejas ante la PGR para revocar una ley que se acaba de aprobar, lo que me preocupa es que es que esas noticias aprezcan en los medios hasta que ya se aprobó, dado que desde hace un rato que les avisaron que andaban en eso. Por otro lado, los realmente beneficiados, no tienen ni voz ni voto en este tinglado, pues tal vez por miedo a represalias, por miedo al balconeo o porque simplemente los medios no se han arrimado para preguntarles a ell@s. No he escuchado en las noticias que algún grupo pro derechos humanos haga alguna declaración sobre lo chido que es que a los gays ya les permitan llevar su vida cada vez con más derechos, emparejándose con los que no sufrimos de esa jodida maña de los mexicanos de echarle mierda a todos, sobre todo a las minorías.

Me preocupa más que, con temor a equivocarme, que la gente se preocupe más en echarle mierda a los gays que tanto tiempo le han sufrido por sus derechos, que por lo que el gobierno nos está haciendo. Nos la está dejando caer, con vaselina, por otro lado, por donde no tenemos la guardia arriba, simplemente por el hecho de ver que las únicas buenas noticias las usan como un hueso que nos avientan pa que nos polaricemos y terminemos discutiendo y enfrentándonos por puras pendejadas, que pierden relevancia pronto cuando descubrimos que 100 pesos de gasolina cada vez es menos gasolina, que el impuesto a los depósitos en cuenta bancaria se multiplicaron, que la tortilla, el pan y en general cualquier producto del super baja de calidad para mantener su precio, o sube su precio namás, o hasta sube su precio y baja su calidad.

Yo de niño me di cuenta de la pinche crisis cuando de pronto las cocacolas costaban un chingo más, que las bolsas de Ruffles traen cada vez menos papas; ahora me doy cuenta de esta chingadera que se llama “capitalismo” que namás nos hace querer más cosas que no necesitamos realmente, pero también nos hace angustiarnos por sernos más difícil conseguir las cosas que sí necesitamos.

¿Neta vale la pena ir y aventarle mierda a unos weyes que aprobaron una ley para los gueyes que bien merecida se la tienen? ¿Acaso le tienen miedos estos abogadetes a que algún hijo les salga (o ya les salió) gay y que se lo balconeen sus colegas católicos/abogados por tener un hijo joto que está en contra de las leyes de diox?

¿Neta tenemos que estar siempre unos contra otros? Si el que realmente está contra nosotros se divierte viendo como nos chingamos sin compasión entre paisanos.

Somos parte de un ajedrez… no, mejor de uno de esos juegos de estrategia donde un chingo de monitos van detrás de otros más chingones y al final los que más se mueren son los de a pie, los que no traen lanza ni caballo, ni tienen nombre ni son diferentes a los demás. Eso somos para esos que manejan todo el pedo.

¿A tí que te importa si los gays se pueden casar y adoptar chamacos? Yo la neta estoy feliz porque tengo varios amigos gays (en realidad son un buen) que bien pudieran algún día sentar cabeza y poder echarse una matrimoniada legal sin pedos. En otros países los matrimonios gays son los que menos índices de divorcios tienen; también vi en un programa de TV sobre matrimonios gays que crían hijos adoptivos, la cosa es calmada y si cada quien define su rol pos no debe haber problema.

El problema sería que los hijos de los matrimonios gays se podrían enfrentar a algo que es traumatizante de cualquier forma: la alienación que le provoquen sus compañeros de escuela…

Mediten.

Pinche navidad

•Diciembre 29, 2009 • 6 comentarios

Las navidades son muy cursis, los fines de año deprimentes.

Está cabrón que siempre cada fin de año me la paso de la chingada, o estresado o deprimido o que se yo. Como que eso de ir salir de compras y hacer las cosas que todo mundo hace, sabiendo que la cuesta de enero va a estar bien cabrona cada vez, como que me pone el culo tenso.

Por otro lado, ya desde tiempos memorables he tenido el infortunio de participar en muchos intercambios de regalos, desde la primaria vaya, y siempre me regalan puras pendejadas.

Por ejemplo, en cuarto de primaria me tocó regalarle a la maestra. No mames! A qué pinche alumno de primaria le toca regalarle a la maestra en un intercambio? Chaale, no puedo aplicar la broma esa de hacerle un regalo chiquito en una cajota, o ponerle un chingo de basuritas para que encuentre al final una paleta o un chicle. Tampoco puedes decirle algo así como “para mi querida maestra que tanto quiero”, porque ni siquiera lo habrías de hacer de corazón. Así que mi mamá me llevó a comprarle un monedero (¬¬) así bien cuco y pos ya.

Al que le tocó regalarme no fué, y tampoco a una chica a quien el wey que más odiaba en el salón le tocaba regalarle. Así que la maestra muy ingeniosamente, y pasándose a mis dos compañeritos por el arco de su peludo triunfo, le dijo al cabrón aquel que me regalara lo que le iba a regalar a mi compañerita. Así que me la aplicó:

En una caja enorme de pañales aventó sobras de madera y papeles varios, donde sumergió vaios paquetines de galletas, unos chicles y uno que otro dulce de tamarindo. Pues si, ya si no iba a poner eso pues su papá tenía tienda de abarrotes; así que tuve que tragarme esas galletas todas aguadas casi cáducas y de paso convidarle a todos los gorrones. Chale, y encima me toca regalarle a la maestra y darle su abrazo y olerle sus zobacos azufrosos mientras me abrazaba y me zarandeaba porque le había hecho un regalo todo bonito y así.

Ahh como extrañaba yo a mi maestra Alejandra. Cuando me dió clase ella era todo un cromo: piernona, poco pechugona, bien maquillada y con los dedos finos y bonitos. Le olía rico la boca y pos yo decía “que chula es Puebla”.

En fin. En la secundaria, un día mi mamá me dijo que le comprara un perfume a una mona a la que yo le gustaba. Pa joderla le compré un antitranspirante de roll on y se lo dí un rato que me la topé en los pasillos (jajajaja no mames que pendejo) y pos chale; ya en el intercambio el karma me la regresó. No fue el wey que se suponñia me iba a hacer un regalo y pos me tuve que aguantar el pinche coraje de ver a todos abriendo sus regalitos que iban desde cassetes del grupo sensación del momento hasta playeras o cosas por el estilo.

En la prepa siempre me fue de la chingada, nadie me quería y la neta no creo que nada me haya regalado nada nunca, a excepción de aquella vez que me vieron jugando rudo con mi compadre Mariano y entre tres se me dejaron ir encima para someterme y defender al flaquito de Mariano de mis garras purulentas y llevadotas, cuando en realidad el muy cabrón estaba muchísimo más fuerte de lo que parecía, pero sus lentesotes enormes y sus colmillos de draculín despistaban bien cabrón.

Total… pa acabar pronto, ya van varios años seguidos desde hace ya un tiempo que más bien los mejores regalos que recibo han sido cosas que me compro yo mismo. Aunque algo chingón fué el año pasado cuando mi mamá me regaló uno de las cosas más chingonas que me han regalado en la vida:

No mames al fin una guitarra buena! jojojo pero esa me la regaló en mi cumpleaños…

Ya después yo mismo me regalé otra más chida, pero no manches esa que me regaló mi mamá es la guitarra más chula que he tenido.

Hace poco participé en un intercambio, pero la designación de los regalos y los regaladores la hicieron cuando me enfermé de Influenza y valió madres todo. Me tocó regalarle al brazo derecho del socio chingón que pone el billete en la empresa donde trabajo, y puuuuta no mames que difícil es pensar un regalo para alguien que ni conoces. Luego a alguien que ni conozco físicamente (porque está en la sucursal de otra ciudad) le tocó regalarme, me mandó preguntar qué sería un buen regalo para mí y se me ocurrió contestar “pos música estaría chingón, me gusta el blues y el jazz un chingo…” y con eso pensé que estaba cubierto… pero nel.

Está bien que todo sea buenos propósitos y regalos encomiables más que nada por la intención que llevan, pero no mames si le regalas algo a alguien que no le va a servir de nada, ni siquiera para verlo y decir ” a que bonito eso que no sirve de nada pero está bonito”, pues entonces no está chido.

Y entonces… llegó la fecha del intercambio… todos ansiosos y esperando ya empezar los festejos para recibir sus respectivos regalos.

Todos parados, recibiendo regalos y abrazos y sonriendo, yo tomando fotos y todos preguntándome cuál había sido mi regalo… pero nel. Nunca llegó mi “amigo secreto”.

Aahh porque también era de “amigo secreto” que también se trataba de dejar regalitos y recados y cosillas así como chidas… pero nel.

Y entonces acabó la fiesta, unos botando sus balones nuevos, otro desempacando su grabadora que soporta ipod, otros colocando sus nuevas figurillas de superhéroes sobre el escritorio, y cosas así.

Una semana y media después llegó un paquete por correo, adentro traía un cd, que ya venía con muy mal karma y emocinoado, preocupado, angustiado y medio cagado de miedo, abrí el paquete ese para sacar éste cd:

¬¬

Está cagado… no vuelvo a decir que me regalen música jazz— cada quien tiene su concepto sobre los estilos musicales así que no me puedo encabronar… además creo que algo le pasó al chavo que no pudo venir acá a las oficinas principales ni mandar con alguien su regalo… pero chale… ya son muchos años… creo que nunca más voy a entrar a un pinche intercambio… siempre algo malo le pasa a los que me van a regalar, o como el año pasado que simplemente el wey se fue de vacaciones o se le olvidó ir a comprarlo y me regaló una navajita miniatura un mes después.

Pa joderla ya ni tengo varo y no ando muy bien de la panza… así que el viaje que tenía planeado como quiera valió madre…

Pinche navidad no mames…

Sesentas

•Diciembre 26, 2009 • Dejar un comentario

Conociéndolo, pero pensando que tal vez algo haría por hacer las cosas diferentes, Doña Elena volvió de las tortillas campante como si nada extraño hubiera pasado. Su pequeña canastita se balanceaba en su antebrazo mientras ella, discreta, miraba a su alrededor de reojo por si encontraba algún indicio de su marido. Algunos de sus amigos se atravezaron en su camino regreso a casa, pero no se inmutaron, como siempre, en saludar a Doña Elena cuando la veían.

Ellos estimaban a Julián, el joven campesino de cara aplastada que vivía al final de la calle Benito Juárez, menor de cinco hijos y eterno usuario de las sobras de cualquiera de las pertenencias de sus hermanos. Su cara morena ceniza contrastaba con lo rojo colorido del resto de su cuerpo. Siempre tenía un especial estilo para contar los chismes, haciendo parecer que no quería contarlos, o dándole al oyente la idea que es el único que se merece la noticia de primera mano.

Sus pies callosos dejaban clara su vida entera de usas huaraches de cuero, así como los brazos quemados por el sol y la espalda algo más clara.

Doña Elena recordó que Julián salió muy temprano de casa, a las siete treinta. Pero ahora no se despidió ni le abrazó antes de irse. Al contrario, se portó indiferente y distante, como si algo se le hubiera perdido y no recordara dónde encontrarlo.

Ella salió corriendo detrás de él y al cruzar la puerta no vio a nadie sobre la calle. Miró al otro lado y nadie cruzaba el puente del río ese que antes corría azul y ahora tan sólo arrastra el cochambre y la puerquedad de los nuevos pueblos de río arriba.

Julián siempre cruzaba el puente para llegar al camino que le lleva a su potrero. Es un puente con barandal rojo y suelo delgado que retumba hasta cuando los perros pasan por ahí. Y no, por ahí no se fué. Tampoco por el otro lado, camino al rastro, donde tiene que dar vuelta hacia la plaza, justo detrás de donde se encontraba la casa de campaña del actual presidente municipal, y que ahora se empeñaba en convertir en un casino o en un congal de esos donde bailan muchachas desnudas y sirven bebidas adulteradas a precios de insulto.

Y no, tampoco se fue por ahí. Doscientos metros no se recorren en menos de dos segundos. La casa de Don Rubén, que heredaron de él cuando falleció, se encontraba al final de la calle y solo tenía dos salidas, por la misma calle Benito Juárez o caminando por la terracería hasta el rastro, por un costado del río.

Sí, esa era la única opción, Julián pudo haber caminado por un lado del puente hasta bajar al río y caminar río arriba rumbo a Nocupétaro, otro pueblo cercano. O bien pudo tomar por el costado de la casa y bajar directamente al río por la vereda y seguir río abajo, donde en muchos kilómetros (y días de caminar) podría llegar a Huetamo, ese pueblo que competía con Carácuaro por ser la cuna de la independencia, aunque fuera su único consuelo ficticio de generar orgullo por esas calurosas tierras.

Elena decidió entonces ir por las tortillas. Ya había ido a la misa diaria de las 6 de la mañana. Salió a las 7 y en el camino compró pan en la tienda de Doña Oralia, recién salido del horno y separado cautelosamente para que la comadrita tuviera los mejores panes de la canasta. Se detuvo unos minutos a preguntarle a Doña Seferina como creía que estaría el clima ese día, pues su tino para predecir el clima era famoso en todo el pueblo.

Ya en la casa miró rápido hasta el cuarto, Julián se amarraba sus botas para ir a trabajar al monte; casi siempre las usaba cuando sabía que sería una jornada pesada y tendría que atravezar lugares difíciles que sin botas no podría. Su camisola café raída calló sobre sus hombros y entonces se levantó, carraspeando un poco antes de escupir sonoramente hacia afuera del cuarto.

Ya había hecho eso muchos años antes, cuarenta y ocho para ser exactos. Ese día, sin recordarlo, se cumplían cincuenta años desde la primera vez que Elena hubiera visto a Julián escupir sonoramente.

Ella se siguió caminando hacia la cocina, al fondo del pasillo que da a la izquierda, y prendió la estufa. No recordaba cuántas veces había prendido esa estufa antes, pero sus dedos ya viejos, habían dejado partes lisas y gastadas sobre la estufa de metal después de muchas décadas de uso. Colocó un pocillo sobre la flama azul y vertió agua en él, luego algunas barras de chocolate amargo que hacía Simón, el dueño de la tienda en la colina, quien lo heredó de su padre no sin antes aprender todas las artes de quien vende sólo lo que puede fabricar.

Y fué entonces cuando vió a Julián levantado, ahí, arriba del segundo escalón, recargando sus brazos en el bajo techo de la cocina, ensamblado con palos y tejas de hace más de un cuarto de siglo. Miraba hacia el corral, donde uno de los caballos ya bufaba y coría un poco para zafarse del frío matutino.

La miró y ella volteó.

- Ya me voy … -
- Que te vaya bien, no quieres un chocola…?-

Y cuando volvió a mirar él ya no estaba.

Pasaron los minutos y ella regresó con la canasta de tortillas en la mano. Siempre era mejor comprarlas justo antes de desayunar para que estuvieran calientitas, pero ahora Julián no estaba y a ella ni le importaba que las tortillas estuvieran calientes pues no las comía.

Así que se sentó a desayunar hasta acabarse el último bocado del plato.

Todo el día transcurrión normal. Hizo las cosas que tenía que hacer, las otras que le gustaba mucho hacer, y algunas de las que no le gusta nada hacer. Descansó en la hamaca, miró hacia el monte, sintió la brisa pasar entre los árboles, entre sus cabello canoso y entre los dedos de sus pies. Los miró detenidamente, el tiempo los había convertido en unos pies arrugados, venosos, deformes. Recordó que Julián ya se había escapado, con sus botas puestas, con su camisola café y la mirada distante, y siempre había regresado.

Ésta vez no solo regresó. Trajo consigo un bulto enorme dentro de un costal de mecate que dejó cerca de la puerta. Se sentó en su silla a quitarse las botas, justo cuando el sol deja paso a una tarde gris que pronto se convierte en noche.

Elena caminó el pasillo descalsa, y dobló hacia la puerta de salida. Ahí estaba él con su camisola desabotonada, las botas a un costado de la silla con los calcetines a medio guardar y los huaraches debajo de sus pies haciéndola de aislante contra el suelo frío. Ahí estaba ella, recargada en una esquina del pasillo, descalsa, con su vestido gris con detalles en blanco, el cabello suelto y el viento en los ojos.

- Vieja, conocí a una gran persona. Le ayudé a cargar todo un camión completo de calabazas, mira…-

Movió un poco el costal y éste dejó ver una calabaza enorme.

- me escogió la mejorcita y además me dió cien pesos.-

- Que bueno mi viejo. ¿Quieres cenar?-

-¡Aah claro que sí!-

- Si quieres dame la calabaza, mañana veremos que se nos ocurre hacer con ella-

La tomó del brazo y se fueron caminando despacio hacia la cocina, descalsos, ancianos, cansados, hambrientos, pero sobre todo, con la idea que ese día, como otros pocos antes, las cosas cambiaron tantito sólo para darle un respiro a sus tranquilas vidas.


Luna

•Diciembre 25, 2009 • Dejar un comentario

La luna, sencilla y culera… poco ilumina mi camino y no descubro cómo se ve hasta que ya es demasiado tarde. ¿Dónde están las lunas cuando se les necesita?

No quisiera decirlo pero esta noche la luna no me tiene encantado. Hay días, digo, noches, que simplemente no deja de mirarme las espaldas. Desde arriba contiene mis ansias de seguir desbocado y angustiado por lugares sin conocer, y a cambio me da la seguridad de saber por dónde voy sin prisas ni castigos.

No se puede tener todo en la vida, pero al menos hoy quisiera una pequeña luz, aunque chiquita, para mirar dónde pongo mis pies al caminar. Está todo espinado y hay muchas piedras en el camino; incluso pudiera estar dando vueltas en círculo y ni siquiera darme cuenta de ello.

Ellos me esperan al final de la vereda, cobijados del frío, pacientes, platicando entre ellos y mirando al cielo preocupados cuandpo casi no hay luz de luna. Sé que llegaré, pero no se cuando. En fin, tengo la fortuna de saber que mis amigos son pacientes, me esperan sencillos y sin prisas, tomando una taza de chocolate en mi ausencia, pero guardando un poco más para cuando llegue, compartirlo conmigo.

Pinche luna nunca salió, está nublado, pero sigo caminando. Creo que por allá veo una luz…


Sur

•Diciembre 14, 2009 • Dejar un comentario

Te veo a lo lejos y se me apachurra el corazón.

Descubriendo selvas, montañas, playas y corazones enormes en medio de la pobreza material.

Colores vivos y miles de kilómetros acumulados en tus pequeños pies, vientos de todas partes del mundo se perciben en tu cabello, lágrimas nocturnas de soledad e impotencia han dejado zurcos en tus ojos, pero me encanta poder ver esa chispa tuya a lo lejos, ese mundo magnífico, sencillo, lleno de colores y música que vive en tu cabeza, sale por tus manos y tu boca y se impregna en la gente incluso cientos de kilómetros a la distancia.

Extraño esas tardes raras que nos dábamos, extraño esas frases sencillas que nos recitábamos de memoria, pero las cosas cambian, y a pesar de que nosotros pretendemos evitar que no cambiamos, lo hacemos poco a poco, erosionados por el correr de la corriente que poco nos arrastra, pero nunca afloja.

Extraño tu olor a frutas y tus manos delgadas pero fuertes; la forma en que cambias de tema sin prender direccional, tu afición al helado y las mañanas frías acurrucada en tu sillón favorito y yo estar ahí para verte. ¿Ves lo que has hecho? Me llena de tanta nostalgia tu recuerdo que ahora extraño cosas que nunca tuve contigo, pero que no hubiera sido raro que tuviéramos.

Y al final del día siempre regreso a ese monte musical, con el canto de las ranas y un murmullo de llovizna, el verde del suelo y lo azul del cielo, regresándonos en un eco profundo nuestros gritos de júbilo. Levedad, mucha música y buena compañía… no te he vuelto a ver ni a abrazar… a veces siento que me hace mal recordarte, porque sonrío como bobo y porque me pongo a recordar y luego recuerdo que es solo un recuerdo, y entonces me pongo triste y no sonrío tanto… pero siempre regreso al monte.

Tal vez no signifique mucho para tí, pero para mí es una delicia recordar que tengo una gran amiga que vive más al Sur.

Escolar

•Diciembre 11, 2009 • Dejar un comentario

Una cosa que siempre me ha purgado la madre bien cabrón es que, justo cuando estoy disfrutando de una bonita tarde mediodiesca, con mis pies andantes pos la calle, el ipod con pila y un chingo de buena música, justo en una esquina en la que voy a cruzar la calle, se me atravieza un autobús escolar lleno de puros hijitos de la chingada que me gritan “wuooorale puuto!” o el clásico “chiiingas a tu maaadreee!” o hasta el bendito hijo de puta que lanza las sobras de fruta de su lonchera a cuanto cristiano pueda apuntarle cuando el autobús disminuye la velocidad para dar vuelta.

Un día uno de esos hijitos de la chingada me aventó una cáscara de plátano en la panza. No pude hacer más que hervir en bilis de coraje y mandarlo a chingar a su madre, pero lo único que pasó es que el morrito ni me escuchó, y las señoras de la tortillería se me quedaron viendo como si le estuviera mentando su madre al viento así a lo pendejo… me guardé el pinche coraje, tiré la chingada cáscara al suelo y me fui caminando a esperar mi camión, hasta que una ancianita me grita “jóven!” – volteo todo encabronado y veo a una señito flaca flaca que me grita toda emputada: “vaya a tirarle basura a su abuela, pinchi mocoso sucio, órale! recójala!” ¬¬

Y que la recojo, la echo a mi mochila y que me largo a la chingada… pinche ñora y encima me… chaaale!

Pos así me ha pasado un chingo de veces, no se que tengo que nomás se me ocurre caminar y por alguna extraña razón algún camión de esos, que para mí son peores que si transportaran presos porque las ventanas no traen rejas ni malla de acero, se me atraviesa por un lado y me gritan pendejadas.

Todavía quien sabe si esos morritos sean solo así cuando de suben al autobús, pero me cai de madres que ahora ya se porqué Otto (el chofer dle autobús escolar de los Simpsons) se la pasaba todo pacheco y con sus audífonos a todo lo que dan. No hay de otra, o manejar con dos Prozac circulando en la sangre, no se.

El otro día salí de la casa. Justo metí la mano a la bolsa del pantalón buscando las llaves de mi vehículo, cuando el sonido inconfundible de un autobús viejo enorme bajando velocidad para dar vuelta me sorprendió, miré hacia atrás esperando la avalancha de pendejadas de los morritos en cuestión, seguramente durante todo el camino hacia la puerta del piloto. Pero no… cuando miré hacia el camión, estaba lleno de niñas como de 10 a 13 años, adornadas con un vestidito azul, blusa blanca y moñito todo mamón amarrado al pescuezo.

“Papúucho! Iralo iralo iralooo! A donde vas mi reeeey!” Escuché en sus vocecitas todas destempladas. WOW.

Jejejeje

“A cabrón que chido” pensé para mis adentros. No mames me subí con una gran sonrisa a mi camioneta y me fui tranquilo de regreso a la oficina, esperando encontrarme otro camión de esos pronto.

Sin saber cómo, alcancé al autobús en un semáforo de más adelante. Cuando se puso en verde, me seguí detrás de éste, porque pronto daría vuelta a la derecha. El autobús también iba por el mismo camino. Justo al dar la vuelta alcancé a distinguir a un tipo enorme, todo negro de tanto sol, gordo como la chingada, con los pies descalzos y la clara facha de un vagabundo insulso.

Una niña sacó medio cuerpo por la ventana y le gritó a voz en cuello “papaciitoooooorrrghhhhhh!” al tiempo que se escuchaba una risotada general de las chiquillas que iban en ese autobús. Cuando dí la vuelta alcancé a ver la cara del vagabundo, todo encabronado y bufando de coraje.

El autobús dio vuelta otra vez casi de inmediato y yo me seguí derecho a la oficina, queriendo hacer memoria con mucho esfuerzo, a ver si recordaba haber escuchado risotadas cuando me chulearon las mismas muchachitas frente a mi casa.

Creo que no se rieron entonces… o al menos eso queiro creer.

Nonomames

•Diciembre 11, 2009 • Dejar un comentario

Pos sí… de a ratos a cada uno de nosotros nos toca ser un chingo molestos a los demás.

Como cuando me pongo a tocar la guitarra eléctrica en la oficina y Wolf nomás voltea y me manda callar cuando se le satura la cabeza y no puede pensar claro. Pero al menos sólo lo hago en la hora de comida (que ni siqueira es una hora, es como media hora y a volúmen regular y sin overdrive, al contrario de RObert hace un año en la anterior oficina).

Luego afuera hay albañiles trabajando porque se tronó una tubería de desagüe y los alumnitos de la escuela un día llegaron pisando aguas caimanas cuando entraron a clase.

En todo el día, Jez, el director de arte y diseño de uno de los equipos, ha puesto ya dos discos de villancicos mexicanos con artistas de la talla de Mijares (puuuuta madre!) y Moderato (reputíiiiiiisima madre!), unas rolas navideñas en Hindú (nomamesnomamesnomames) y justo ahorita va terminando un villancico navideño en japonés (faltaba más chingao!).

Pa joderla, esa música se suma a toda su librería donde deja constante su afición por los CD de Hanna Montana, los Backstreet Boys, cualquier soundrtack de cualquier caricatura japonesa de monitas que enseñen los chones o mamadas del calibre.

NO MAMES!

Todos ya poniendo ojos de huevo tibio y diciéndole que ya ni chinga y que la madre y le vale un huevo. El único wey que no usa audífonos y al único que realmente le dicen que ya ni chinga… y le vale madres. En fin… ya puse Rage Against the Machine como pa balancear el pedo.

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Pos sí es que no mames, es lo que más me caga de la navidad.

En todos los pinches lados con sin chingada música guanga de siempre, con sus pinches letras de siempre, haciendo covers de la rola esta del “himno a la alegría”, Beethoven debe estar revolcándose y dándose vueltas en su pinche tumba.

Que jodido. Los niños con su pobre pinche carita de recién nacidos capitalistas con los ojos todos brillosos por ir a ver todo lo que venden en los aparadores de las tiendas departamentales, los papás detrás de ellos con una pinche cara de angustia que no la aguantan ni con Prozac y les dura más allá de la cuesta de Enero/febrero.

Los pinches y malditos y mil veces falsos 12 meses sin intereses y las deudas que te ponen hasta el cogote de deprimido, cosa que alivias con toda la pinche comida que te chingas donde puedes porque está chingón que te inviten a posadas y cenas pero no te quieres mochar porque no te alcanza, menos poner la pachanga en tu casa porque luego algún hijo de su cagona madre va y te deja una caca del tamaño de una nutria en el baño y encima le avienta la mitad del papel de baño que quedaba más un tubito encima también todo usado.

Luego los adornos todos pedorros hechos con las patas que ponen en las tiendas, que se ve igual nomás que con una capita de “nieve” artificial con letras trazadas con los dedos y estrellitas o copos de nieve mal dibujados (porque ni siquiera saben como se dibuja una de esas madres que sacaba el caballero del cisne cuando hacía el kamehame ha ¬¬ o algo así me vale madres) y sus esferitas de unicel todas malechotas y los tenderos todos tochos poniendo una de esas figuras articuladas de SANTACLÓN pegada en la ventana con cinta scotch y la madre.

Lo peor son los anuncios de la tele con puras muchachas bien buenotas (de eso no hay queja) disfrazadas con gorrito de satanclos junto al “Perro” Bermúdez, también con el gorrito, anunciando los ofertones “Navidinhiooooss” de Famsacional (puuuuutssss) y chingaderas por el estilo.

La gente jodida, pos se pone a vender unas madres rellenas de esponja que simulan nariz y cuernos de renos, mientras que los mamomes estirados con familia que se quieren hacer los chistocitos (y chanza hasta originales) se los ponen a sus minivanes para hacerlas ver aún más horrendas.

Los regalos mamones como suéteres que sólo te pones una vez en la vida, corbatas, bufandas o guantes (que solo son chidos si tienen hoyos por donde sacar los dedos para poder usar lo que usas diario) o hasta tarjetas con musiquita sintética que lees rápido para no tener que escucharla.

En fin… los ofertones locos de navidad sólo están chidos cuando a las tiendas ya se les vendió casi todo, y tienen que deshacerse de lo que les quedó y ya nadie tiene dinero para comprar. Ahí es cuando sí saco mi dinerito y me pongo trucha a espulgar todo lo que estos pobres diablos con tarjetas de crédito (porque yo no tengo y no he necesitado) no quisieron. Lo compro así de un madrazo porque ya le bajaron el precio y pos chingón, me despreocupo de andar pagando las chingaderas que compro al 80% y sólo pago una vez.

Hace poco me compré algo para mí, de navidad. Aún no me llega, pero ya se cómo es, quien lo tenía, cómo puede sonar y cuánto pesa. No llegará hasta la semana que entra y ya estoy todo inquieto, es usado, de hecho es algo que tiene más de veinte años de uso, que sólo con el tiempo puede ser mejor y al final solo lo apreciará el que lo tenga. Ese tipo de autoregalos me encanta.

Es una guitarra… me vale madres una tele nueva, una compu nueva (ya tengo muchas ja!), tenis nuevos (aunque los que tengo ya casi tengan hoyo), calcetines, suéteres, ropa, calzones (aunque los que tenga ya estén todos rajados de la cola); no hay como el bluesero sonido de una Fender Stratocaster Americana SSS con cuerdas del 9. A huevo cabrón!

Ja! Y ora con la onda de que acá en la oficina me metieron al intercambio sin preguntarme, no mames que hueva, me tocó regalarle a un wey que ni conozco y que casi ni veo porque ni siquiera trabaja aquí dentro en la oficina… y pa acabarla de chingar es el brazo derecho del socio más cabrón… osea no mames… Le voy a regalar unos cuernos y una nariz de reno pa que se los ponga a su minivan…

Sereno

•Diciembre 10, 2009 • Dejar un comentario

El otro día te soñé sin recordar que estaba soñando.

Completa, entera, limpia y neutral, te percibía sin saber realmente si tu me percibías a mí.

Simplemente te observé mirarte en el espejo, desnuda y con cicatrices, con los pies fríos y la mirada dormida, interna, no soñadora sino aletargada, cansada, poseída por esa levedad del vacío que poco hace por motivarnos a salir de la penumbra.

Tus manos se entrelazaban frente a tu cadera, y tus cabellos, ahora largos, cubrían fríamente tu espalda.

Te admiré largo rato. Sentía tu respirar y tu corazón cada vez más agitado, más abandonado, más vacío y egoísta.

Me acerqué a tí, pero no te toqué. Sin pensarlo acerqué mi cara a tu oído y suspiré “no te preocupes… todo estará bien…” y parpadeaste.

Y me miraste en el reflejo del espejo mientras una pequeña lágrima se desintegraba en tu mejilla. Pero no me mirabas, solo pensabas en el infinito y en mí. En la eternidad y tu falta de fuerza para esperar el final, para aceptar el hueco, para retratar a la soledad sin sentirte desolada, para recordar que yo ya no estaba.

Creo que nunca desperté de ese sueño…

Erika

•Diciembre 3, 2009 • 2 comentarios

Cuando estaba en la primaria tenía a dos compañeras de nombre Erika.

Una era delgada y de ojos saltones, cabello rizado y de tez un tánto pálida. Guardaba sus lápices y colores en una pequeña bolsita de tela con una agujeta en un extremo desde el segundo grado; se procuraba llegar caminando con mucho cuidado a la escuela, pues tenía una mochila construida con alambres entrelazados, y así se le caían sus cosas por entre las rendijas muy fácilmente.

La otra era una mujercilla sencilla y risueña, de mejillas voluminosas y cabello lacio castaño. Gozaba de colorear ilustraciones al igual que sus compañeras, y era muy dedicada cuando se trataba de dibujar, aunque sus dotes artísticas no tuvieran más influencia que los excesivos halagos que le daba su mamá.

Las dos me hicieron crecer con un concepto muy variado sobre su nombre, pero nunca algo realmente definitivo.

Cuando uno está en la escuela primaria, casi siempre termina asociando los nombres de nuestros compañeros con sus temperamentos.

Por ejemplo, para mí el nombre de Iris me hace imaginar a una mujer tranquila, que usa lentes y es muy inteligente. El nombre de Alberto me hace imaginar a un tipo bobo y juguetón que no tiene ni oficio ni beneficio. El nombre de Elizabeth me hace imaginar a una mujer robusta y morena, y así con casi todos los nombres de mis compañeros.

Era bien curioso como se me ocurría intentar adivinar el temperamento de la gente con solo saber su nombre. Pero mientras iba avanzando en mis estudios me dui encontrando con nombres cada vez más raros.

Por ejemplo, Juliana se me hacía un nombre rarísimo, que justo ahora me hace recordar a una blanca y pecosa señorita rebelde que nunca se quedaba callada ante nada y se procuraba su dosis diarias de locura. También fué uno de esos amores secretos, platónicos e inocuos de la secundaria. Algo que nunca revelé a nadie y que a mí mismo se me hacía una locura de mis hormonas en pleno desarrollo.

Más adelante, en la preparatoria, descubrir nombres como Jairo, Adhara, Idaía, Evaristo, Bobby y demás, me hacía sentirme en un mundo muy diferente al mundo de donde vengo. Ya no había lugar para los Juanes, Pedros, Miriams, Marías o Erikas.

Mientras seguí avanzando empecé a encontrar nombres cada vez más raros, personalidades cada vez más inciertas y cambiantes. Y yo con el mismo nombre de siempre, tan común, tan olvidable o confundible.

Creo que el nombre nos define, por cómo es que la gente nos percibe y nos trata. Si querer nos vamos ganando cada vez más nuestro apodo, o nuestro mismo nombre, dejando en la mente del que nos conoce, un dejo de nuestra personalidad para recordarle que todas las Erikas, a pesar de sus diferencias físicas, dentro de mi cabeza son todas agradables y curiosas.

¿Qué sientes que significa tu nombre para los demás?